Belen Franco obras en colaboracion trayectoria  
 
   
‘Corazones'. Óleo sobre lienzo. 55 x 46 cm. cada uno. 2000
 

Texto del catálogo de la exposición “La vuelta de las ciudades“. Galería Campomanes Nueve (Madrid)
Del 14 de noviembre 2000 al 8 de Enero 2001

REGRESO A UN HOGAR DESCONOCIDO

Desde que regresó de París tenía, Belén Franco, ganas de encontrarse. No es tan fácil, así de golpe, que te abandonen los paseos a la orilla del Sena, las vidrieras de Notre Dame y el cementerio de Pére Lachaisse. Y además cuando llegas a París la torre te pincha en algún sitio, como la aguja de una rueca, y te entra ya un sueño de tejados y miradores del que uno no despierta fácilmente.
Con el frío de París, la pintura de Belén se volvió más cerebral, aunque no más distante. Pero el frío te vuelve siempre más reconcentrado y más filósofo, y eso se notó en la anterior exposición de Belén Franco (Círculo de Bellas Artes) al mismo tiempo que, quizá para equilibrar, el color se tornó más plano y brillante, aunque también se saturó con un valor simbólico del que antes carecía.

A este anhelo de acertar con uno mismo, de tropezarte en alguna esquina con ese o esa que se pone tus trajes, saluda familiarmente a tus amigos y duerme en tu cama, no le son extrañas (pienso) las muertes de su madre y de su hermano Ricardo.
De repente uno pierde tantas cosas que no le queda más remedio que empezar desde el principio otra vez. Esto es lo que ha hecho Belén Franco con una serie de magníficos autorretratos que saturan sus lienzos, de un considerable tamaño, a modo de primeros planos fotográficos. Esta minuciosa aproximación a cada uno de los pequeños músculos del rostro, de las minúsculas cavidades y promontorios de la carne, de la calidad de la epidermis, les da una cualidad casi paisajística. Es el espectáculo del rostro el que allí se presenta, en toda su desnudez casi exhibicionista, como el sendero menos tortuoso para retratar realmente un paisaje del espíritu.

El retrato es, o debe ser, no sólo la transposición de unos rasgos físicos, sino una meditación sobre el tiempo que pasa, sobre todo lo fugaz y pasajero. Por eso todo retrato (al menos los que yo admiro: el de Federico de Montefeltre de Piero della Francesca, las "Jóvenes" de Cranach el Viejo, el "caballero" de El Greco, el del Papa lnocencio X de Velázquez, etc.) tiene algo de metafísico.
Y así también, en su medida, los autorretratos de Belén Franco manifiestan esa clase de preocupación.

Y ya que hablábamos del espíritu, ahí están esos corazones (símbolos de lo espiritual) para trazar unos cuantos retratos, conceptuales eso sí, de seres mitológicos. He aquí, en esta otra serie, la prueba de que todavía quedan rescoldos de la chimenea que se encendió en París. Su viaje hacia el norte, desde Madrid a París, fue también el que va desde los sentidos (la sensualidad, lo externo) al pensamiento (el intelecto, lo interno). Por eso estos otros cuadros miran hacia el interior y se nutren de referencias simbólicas, de juegos intelectuales. No lo que se ve, sino lo que se sabe, es lo que queda plasmado en cada uno de estos cuadros. El color del corazón de Narciso es el del agua de un estanque y encierra en su interior un pequeño espejo. El de Apolo, dios solar, es del color de la pasión y una flecha de oro lo atraviesa. Un verde susurrante de foresta es el de Diana. El de Venus contiene, no podía ser de otra manera, una pequeña concha. Y así sucesivamente.

Pero antes que estos juegos eruditos prefiero la pintura que se trasluce en la tercera serie, "las ciudades", en la que parece haberse acomodado esa "intelijencia sintiente" que quería Juan Ramón, la vereda que se dibuja entre lo puramente conceptual (con el peligro siempre presente de olvidarse de la pintura) y el simple artificio de la pincelada bien dispuesta. Creo que aquí Belén Franco se ha, sin duda, hallado y lo ha hecho no para satisfacer esa aspiración tan típicamente moderna, o posmoderna, de la autorrealización (algo que sustituye a la cristiana felicidad y tan imposible de alcanzar como ella, a no ser a través de la lobotomía) sino para poner su granito de arena en esa búsqueda incesan­te, y tan humana, del conocerse a sí mismo.
Estos, según confiesa la propia autora, son también autorretratos, pero con oposición a los de la primera serie no hay aquí ningún interés por la identificación personal, por el rasgo. Son figuras un tanto esquemáticas, como los retratos de la pintura antigua. Autorretratos estilizados en los que lo importante no es lo que está sino lo que sucede.

"Estocolmo" quiere recordarnos a uno de esos retratos flamencos con ventana, desde donde invariablemente serpentea la figura de un río. El río tiene también siempre un valor simbólico, es el tiem­po que huye con el paso del agua, la lejanía, lo desconocido, el viaje, el regreso, el origen ... Los pintores del siglo XX lo cambiaron por la estación de tren, pero el río es más viejo y por lo tanto más sabio que el tren.
De espaldas a la ventana y frente al espectador, una muchacha con los ojos vendados toca una guitarra que no tiene cuerdas, sobre su pecho hay bordado un corazón y, en el suelo, un espejo que no la refleja. Todo en el cuadro está lleno de sugerencias, de invitaciones a la lectura y, al mismo tiempo, de un recuperado gusto por la pintura. Estocolmo, la ciudad del síndrome, es, para Belén, un hogar desco­nocido (nunca ha estado en esa ciudad), pero también es el símbolo de un estado de ánimo que tiene que ver con el rapto, con el amor y con la pérdida de la propia identidad. Por el contrario, las otras dos ciudades, París, Madrid, son hogares cuyos muebles y habitaciones la pintora conoce bien.
En "París" se abre como un abanico, la ciudad a los pies de la protagonista, una pintora vestida con un cendal de corazones; el cielo parece pesar sobre los tejados, y el río es de un color frío y verdoso.
Desgraciadamente, Madrid es una ciudad sin río (el Manzanares no alcanza esa categoría) y eso dificulta enormemente cualquier meditación sobre el tiempo. Para captar Madrid ha elegido Belén Franco, una mirada desde la Casa de Campo y lo primero que se viene a las mientes es "pero, Dios mío, qué feo es Madrid". Sin embargo ahí está para rectificarlo, ese cielo azul y esa sensación casi de ingravidez que transmite la vista de la ciudad. Y la artista es aquí un cuerpo que cae desde el cielo, dibujado en este caso el corazón sobre el capotillo torero, porque a Madrid no se llega, sino que se deja uno caer.
Yo desearía que esta exposición fuese para Belén un regreso al hogar, no a Madrid (que también) sino al hogar de la pintura, al refugio de los pinceles, que está lleno de cámaras, de estancias ignoradas, de habitantes extraños y de ventanas con paisajes desconocidos. Y que ese cuerpo que se cae encuentre aquí, en la pintura, su confort y su acomodo.

Raúl Eguizábal

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