Textos extraidos del catálogo de la exposición "Al fondo del jardín". Galería Tercer Espacio (Madrid)
Del 24 de abril al 30 de mayo de 2009
 
    Los paraísos de Belén Franco
     
   

La pasión por los jardines me llegó a través de la literatura. Fue leyendo como supe que esos lugares maravillosos en los que Naturaleza y Artificio contraen feliz himeneo habían protagonizado algunas de las páginas más bellas que se hayan escrito. Así conocí los jardines de la ninfa Calipso y la maga Circe con las que se encontró Ulises en sus navegaciones, y el de la voluptuosa Alcina, para la que el jardín era una corte de amor, y el de la guerrera Armida, que por arte de magia hizo brotar un lujuriante vergel entre hielos y peñascos para poco después, loca de amor y despecho, borrarlo en medio de un espantoso cataclismo. El jardín del Edén lo conocí desde siempre. En ese caso no se necesitaba leer, ni siquiera mirar. Uno se lo encontraba en el umbral de la vida como me lo encontré después en el del Génesis.

Esos jardines -y otros no menos literarios, como los de Auristela, Falsirena y Leonor- entretenían mi imaginación cuando Belén Franco me fue mostrando, en la estancia subterránea que le sirve de estudio, los que ha pintado en los últimos tiempos. Sin duda, yo sentía placer a la vista de las cualidades plásticas de su pintura: los grises del cielo que anuncian tormentas tropicales; las notas rojas que cabrillean como trazos de sangre en el azul del agua mientras una mujer espera; las formas ondulantes que hacen de sus jardines otros tantos momentos de un solo jardín interminable; la reminiscencia de paisajes del XVIII y del inevitable impresionismo. Pero al mirar los cuadros sentía yo también otra clase de placer, me daba cuenta que la artista había intuido los temas esenciales que la literatura ha visto en el jardín desde los remotos tiempos de Sumeria.

Sexo y jardín son casi lo mismo. Esa identificación, que desarrollé en Paisajes del placer y de la culpa, la atestiguan las grandes aventureras que he citado, desde Eva en adelante. Belén Franco la deja ver en las espesuras de Escaparate, un cuadro que podría haberse llamado Prostitutas y que remite a un conocido paraje de la Casa de Campo adonde todas las tarde se iba de caza el buen rey Carlos III, casto entre los castos. El tema del sexo asoma también en Cita, en Espera, en Los otros. Cuando la esencia del jardín no se confunde con el sexo es que se arrima a otros afectos semejantes, como la ternura, el anhelo, la nostalgia. De eso tratan Abandono, Sorpresa, Susto. Sus mismos títulos dicen hasta qué punto la emoción reina en los lugares evocados. En otros casos los jardines de Belén se refieren al juego y al ocio, a la inocencia y al autoconocimiento. Llegados a este punto -el del autoconocimiento- debemos referirnos a otras conexiones del jardín, que Belén nos ha querido dar a conocer también. «Animales» se llama una. ¿No convive Circe con tantos animales como han sido sus amantes, y Eva con tantos como en el mundo son empezando por la serpiente? Belén ha querido mostrarnos esa animalidad del jardín con diferentes
revestimientos: el de la mariposa, que entre los griegos era como decir alma; el del perro, ese amigo del hombre que fue visto como el portero de ultratumba; el del camaleón, reptil extraño emparentado con la serpiente del Paraíso, que es casi una metáfora zoológica de la pintura.

Estas conexiones animales conducen al lado tenebroso del jardín. Ese lado se llama muerte, infierno. Así se ve en El Cantar de Gilgamés el poema más antiguo que se conoce, y en la Odisea. Circe, cuya isla-jardín siempre está cubierta de humo, anuncia a Ulises que cuando la abandone habrá de visitar el Hades. La ninfa Calipso le hace saber lo mismo, sólo que diciéndolo al revés: tan pronto como la deje, el héroe deberá renunciar a la inmortalidad que ella, generosamente, le ha ofrecido. También Adán y Eva aprenderán un día que su dulce vida en el jardín era sólo una preparación para un conocimiento consistente en descubrir su destino mortal. Todas esas virtualidades nos la muestra Belén Franco en Entre cipreses, Últimas primaveras, Remolino y, sobre todo, en Jardines de Xibalba, cuadro especialmente sugestivo en el que la artista se autorretrata ante un extraño paisaje, que evoca el inframundo de la mitología maya que la artista conociera y viviera en Guatemala, o en aquellos artistas del XVIII que, en el grand tour, llegaban a los pies del Vesuvio para ver con ojos de asombro las columnas de humo y fuego que coronaban el cráter.

Y Belén nos muestra el jardín cuando ha desaparecido, cuando yace sepultado en la nieve. Sólo entonces, amortajado en su blanco sudario, el Paraíso se revela como un lugar transfigurado, como una pintura trascendida que aspira a ir más allá de los colores. De ese modo la pintora nos comunica que sus jardines son, de alguna manera, lugares de la muerte, y también, de la resurrección.

Ignacio Gómez de Liaño

     
    Jardines
           
   

En los jardines de Belén Franco, como en El Jardín de senderos que se bifurcan de Borges, el tiempo se desdobla: se rompe el tiempo lineal y se dan cita mundos y universos variados. Como, Ts’ui Pên, que abandonó todo para componer un libro y un laberinto -que resultaron ser un solo objeto- un “invisible laberinto de tiempo” en el que diversos tiempos se bifurcan, Belén crea su propio laberinto de símbolos, de jardines y de tiempos: tiempos de amor e inocencia, de nostalgia y de risas, tiempos perversos, de maldad y de tristeza. Todos escondidos, tanto, que en ocasiones es difícil aprehenderlos a simple vista. Tiempos, memoria y futuro, pasado y presente, ocultos en los jardines y paisajes imaginados que les sirven de escenario donde se reconcilian y se confunden.

En el jardín el tiempo es materia, una naturaleza que muta constantemente y se transforma a cada momento, una obra de arte que imita a la naturaleza y que es naturaleza misma. Color, luz, formas, espacio, que se plasman también, de forma permanente, en la pintura. Y, como en ésta, imaginación, porque ¿qué es el paisaje sino imaginación? Imaginación del que los crea/pinta e imaginación del que los contempla, porque como dice Cernuda, “la naturaleza gusta de ocultarse y hay que sorprenderla, mirándola largamente, apasionadamente”.

Porque en estos espacios clandestinos conviven estos tiempos distintos que solo el que quiere ver observa.

La artista nos lleva de la mano y nos introduce en estos jardines y paisajes imaginarios donde buscamos /encontramos nuestras propias almas y nuestra propia historia; nos conduce por escenarios con visiones fugaces de una naturaleza de colores idílicos en las que resuenan las risas despreocupadas de los patinadores o el silencio más absoluto de una luna reflejada en un pozo oscuro.
Jardines de placer, paraísos cerrados para tantos que ella nos abre con esa generosidad infinita de los artistas, esa casi impudicia con la que muestran lo más profundo de su ser. Y si los jardineros creamos “paisajes del alma” con los materiales de la naturaleza, ella recrea estos jardines con delicadeza infinita, diseñando lugares misteriosos o “princesas del reino vegetal”.

Los jardines y paisajes de Belén Franco son espacios oníricos que recuerdan a los del maestro Houtin, con sus topiarias de formas quiméricas y prodigiosas; jardines decadentes, artificiosos, de grandes y pequeñas pasiones, de fuerzas místicas y míticas, jardines sobrenaturales, peligrosos, románticos y misteriosos, y también luminosos, vivos y ardientes; jardines, como diría Lorca, “para el olvido y para las almas sensuales”.

Mónica Luengo